lunes 27 de abril de 2009

Lo comparto

En la edición Nº 63 (Agosto del 2008) de la revista "Etiqueta negra" -tal vez mi revista favorita- aparece una diatriba escrita por Renato Cisneros. La transcribo a continuación.

Contra los Bloggers
Celebro que existan los blogs, aunque no tanto los bloggers. No sé. Me da la impresión de que con el paso del tiempo fueron perdiendo su inventiva, al punto de convertirse en aburridos jueces omniscientes de la realidad. Tal vez sea la necesidad de persuadir a su auditorio; o tal vez estén acusando cierta falta de legitimación on-line. Quizá andan un poco aturdidos con todo el laberinto que se ha armado al rededor de ellos. Por que no hay que ser mezquinos: los bloggers todavía son una novedad; administran y canalizan información camuflada, atractiva; y muchos invierten sus inquietudes privadas como pretextos para formar comunidades. Hasta ahí todo bien.
El problema es que, de la noche a la mañana, muchos bloggers (o bloguers, o blogers, o blogueros, no sé ni como coño se escribe) empezaron a tomar demasiado en serio su simulado papel de fiscalizadores de todo lo que existe. Ahora se han agrandado, se sobrestiman. Ladran, sermonean, concluyen, pontifican. Se retan entre ellos, miden el alcance de su pretendida irreverencia, comparan el diámetro de su ombligo y se abrazan con interactivo cinismo. Pero no dejan de ser chistosos. Simulando una confraternidad que no les nace, organizan eventos en favor de ellos mismos, masajeando desproporcionalmente su autoestima. Y lo más feo: permiten que en sus vidas haya lugar para esa horrible combustón que produce el ego cuando se le suma la envidia.
No me gustan los bloggers por que son regularmente patéticos: se obsesionan con la cantidad de lectores que los visitan (y sobre todo con los que no los visitan) y con el número de comentarios que (no) les dejan. En eso se les va la vida. Pueden cortarles la luz y el agua; en sus casas puede faltar el acceso telefónico; pero si les quitan la conexión a internet, morirían de inanición: los mataría la invisibilidad, ésa de la que intentan torpemente escapar con cada post deslenguado y cascarrabias.
Me caen mal cuando se ponen a establecer rankings y estadísticas para ver quién es el blogger más leído de todos; pero me caen peor cuando se sabotean unos a otros insultándose desde el canalla zanjón del anonimato. Hasta en una olla de grillos, es más, hasta en un balde repleto de cangrejos, la convivencia entre las especies es más llevadera.
Definitivamente todo era más estimulante cuando los bloggers posteaban por el puro gusto de hacerlo, casi sin darse cuenta de cuan original era la propuesta que tenían entre manos. Bastó que algunos medios les reventaran cohetecillos para que se corrompiera es espíritu solitario y desfachatado que los produjo. Ahora se creen estrellas de la web, líderes de opinión, revolucionarios de una aparente causa digital que solo existe en su ciberespacio mental.
¿Si yo también me veo así? Pues supongo que no puedo correrle del todo a esos efectos colaterales. En todo caso, la única manera que encuentro de contrarrestarlos es asumiéndome como un sujeto sin importancia que, entre las muchas cosas que hace para sobrevivir con dignidad, escribe un blog con la misma prosaica naturalidad con que un plomero se tira al suelo para cambiar una tubería.


* Estoy de acuerdo con mucho (casi todo) de lo mencionado. Tengo mi propia opinión.
Mi tiempo fuera de la blogósfera me sirvió para darme cuenta que, en adelante, el material que aparecerá en este vuestro blog amigo, será revisado con mayor cuidado y redactado más responsablemente. Ojalá que la lectura sea placentera; por que si de algo debemos preocuparnos (los bloggers sobre todo) es por hacer que el amor hacia la lectura vuelva a co-existir entre las nuevas generaciones y sus tecnologizados espiritus.

lunes 1 de septiembre de 2008

La Princesa y el Hada


La Princesa paseaba todos los días por el jardín del palacio. Iba siempre escoltada por la guardia real que, por encargo del Rey, debían vigilarla con toda atención durante su recorrido diario. Esta compañía no era del agrado de la Princesa. A ella le fastidia oír el ruido de las botas de los miembros de su guardia, no tolera el hecho de que la observen en todo momento, se siente presionada y, sobre todo, le incomoda que escuchen sus conversaciones con el Hada del trigo.

El Rey piensa que su hija perdió la cordura el día en que la Reina murió victima de una rarísima enfermedad, aquella enfermedad que ni el más experimentado doctor pudo controlar. La Princesa era apenas una niña pequeñita cuando esto ocurrió. Huyó del palacio al enterarse de la trágica noticia del fallecimiento de su madre, se perdió y no se supo de ella por poco más de tres meses.
La buscaron día y noche sin dar con su paradero. A pesar de la grandiosa recompensa que se ofrecía por ubicarla, nadie supo encontrarla.
Hasta que, la primera mañana del día de cosecha, los campesinos marcharon hacia los campos de trigo para recolectar la producción.
Los testigos dicen que en el mismo centro del trigal, las espigas y ramas se habían entrelazado entre si tomando la curiosa forma de un enorme refugio en cuyo interior yacía, sucia, harapienta y desgreñada, la Princesa, a quien por tanto tiempo habían buscado.
La Princesa le cuenta al Rey que el Hada del trigo fue quien le ayudó a sobrevivir todo el tiempo, le conseguía frutos y agua para que no pase hambre ni sed y que, con su poderosa magia, le ordenó al trigo formar un refugio para que ella tenga un lugar donde dormir y protegerse de la lluvia.
El Rey no puede creerle a su hija y, por miedo a que ella vuelva a huir, da la orden a un grupo de soldados para que destruyan y quemen aquel campo de trigo que, según cuentan las leyendas y que reafirman los ancianos del reino, fue en el pasado lugar de reunión de distintos covens de magos y brujas.
El fuego acabó con el trigo, el campo y el refugio pero no con la relación amical de la Princesa y el Hada que, por el contrario, se hizo más fuerte. Ellas siguieron viéndose, a escondidas, en el jardín del palacio.

Una tarde, aprovechando la ausencia del Rey quien había tenido que asistir a presenciar un juicio, la Princesa le hace frente a su guardia:
-Les pido que, al menos esta tarde, tengan la amabilidad de permitirme hacer el paseo a mí sola.
-Lamento decirle que ello no será posible, mi lady. El Rey ordena que vigilemos sus pasos en todo momento—responde el jefe de la guardia.
-Dado que mi padre está fuera del reino, soy yo en este momento la máxima autoridad que representa a la corona. Bien saben, fieles soldados, que la desobediencia está penada con el más severo de los castigos. Dudo mucho que quieran ser sometidos a su rigor.
Totalmente nervioso, el jefe de la guardia ordena a los vigilantes de la entrada al jardín que cedan el paso a la Princesa y, haciendo una señal con un movimiento de su espada, da la orden a la escolta para que se marchen.
La Princesa recorre el jardín. Por primera vez lo hace sola. La paz y armonía que siente estando rodeada por la naturaleza es totalmente reconfortante. Desata sus sandalias y camina descalza sintiendo como la suave hierba toca sus pies. Suelta su cabello y lo adorna con una bella flor amarilla, respira hondo, abraza los árboles de pino, alza un poco su vestido y corre hasta llegar a la laguna. Se sienta al borde e introduce los pies en la cálida agua.
A los pocos minutos aparece el Hada.
Trazan un circulo y hacen juntas un ritual de agradecimiento a la tierra; luego el Hada le dice a la Princesa que continuará contándole el relato del muchacho que vive en un tiempo y en una ciudad distinta a la suya, a quien le fascina escribir relatos y que sueña con tener por hija a una linda niña.
-Solo tengo un favor que pedirte, amiga mía—le dice la princesa al Hada.
-Te escucho, mi niña.
-Siento que soy Ariadna que busca a Teseo en el laberinto del minotauro. Me gusta imaginar que ese muchacho de quien me hablas es mi Teseo que se perdió y que yo soy la Ariadna que lo busca. En honor a aquel fantástico amor, me gustaría pedirte que si un día nuestras almas se juntan y podemos amarnos, la niña fruto de ese amor se llame Ariadna, en honor a la que dejó el hilo en el laberinto. Y que su segundo nombre sea Rafaela, en memoria de mi madre que dejó este mundo cuando yo era pequeña.
-Tú, que siempre creíste en tus sueños y que supiste hacerle frente a las más grandes adversidades, serás premiada con la promesa de que tu petición será concedida.
La princesa saca, de uno de sus bolsillos, una vieja y reseca espiga de trigo, se la entrega al Hada y le cuenta que la guardó consigo todo el tiempo. Le pide al Hada que, aquella ramita, sea el símbolo eterno de su amistad.
El Hada, sabiendo del corazón puro de la Princesa, le confiesa que su nombre real es Naslorga y que en adelante ella acudirá cada vez que su nombre sea susurrado.
La Princesa bendice al hada con una oración.
Naslorga le da un besito a la princesa, se despide y desaparece como vapor de agua, dejando en el ambiente el olor a frescura que la caracteriza.

martes 26 de agosto de 2008

La sonrisa verde (parte final)


Formalidad


Abrí los ojos y noté que ella tenía los suyos todavía cerraditos.
Compartíamos la misma almohada, mi nariz y la suya casi se rozaban, su cabello de olor perfecto reposaba sobre mi rostro y una de sus piernas dormitaba tibia sobre la mía.
Me di cuenta que la colcha solo nos abrigaba la parte inferior de nuestros cuerpos, la tomé con cuidadito y, de manera muy suave, terminé de taparnos. La vi sonreír, mi habitación terminó de volverse verde.
Abrió los ojos y se recostó sobre mi pecho. Yo puse mi brazo alrededor de su cuello y así dormimos un poco más.
Su teléfono hizo las veces de despertador. Una compañera del trabajo le hacía una consulta.
Me dio el teléfono luego de atender la llamada y lo puse nuevamente sobre la mesita de noche.
Al sentir aquello indescriptible esa mañana, mientras respiraba a su lado, supe que estaba plenamente enamorado. No hay nada que deba ser explicado, no es necesario que se le encuentre sentido. A favor de los puristas debo decir, que estando con ella, toda mi vida se vuelve un resumen de acontecimientos que me permitieron toparme en su camino. Podría decir que es una bendición y que la amo por sobre todas las cosas; pero no puedo, la palabra amor no alcanza para describir todo el sentimiento enorme y hermoso que habita en mí. Lo mejor de todo es que, para mi beneplácito, recibo exactamente lo mismo.
Considero genial el hecho de que la pasemos totalmente bien juntos, que siempre estemos matándonos de risa, que nos toleremos en absoluto, que hayan debates de ideas y, por sobre todo, que nuestros sueños sean los mismos. Estoy seguro de dar todo de mí para ver que sus sueños se hagan realidad y se que cuento con ella para lograr lo mismo.
Siempre e creído pertinente no estropear las tradiciones, mucho más cuando el significado es importante—importantísimo en este caso—y por ello esta vez no iba a ser las excepción.
-Quiero dejar de ser el chico con el que sales—le dije.
Ella, me miró extrañada, sorprendida, con cara de decepción. La desilusión que le causaba con mis palabras era enorme. Se alejó un poco de mí.
-Quiero dejar de ser el chico con el que sales porque quiero ser tu enamorado. Patty, quiero estar contigo.
Entonces la desilusión tomó forma de felicidad en su rostro y se manifestó a través de una gran y muy verde sonrisa. Sus ojos se llenaron de emotividad, sus brazos abrazaron mi ser y sus labios me dieron amor.
-Yo también quiero estar contigo y quiero ser tu enamorada—me dijo sin dejar de besarme.

La mañana de aquel día dieciséis se convertía en el primer día del resto de mi vida.



El segundo nombre

La niñita se levanta muy temprano por la mañana para ir a su colegio. Siempre dice que le encanta como está decorada su aula; los cerditos celestes son sus favoritos.
Le gusta sentarse a la mesa con mamá y papá a tomar el desayuno. A mamá se le acelera el corazón al verla con su lindísimo uniforme y a papá le fascina que la pequeña, al igual que a él, no pueda empezar el día sin el cereal bañado en yogurt.
Desde chiquitina fue muy independiente, aprendió a caminar antes del año y dejó los pañales en cuanto aprendió a hablar. Se peina con coleta y ata sus zapatitos frente al espejo de su habitación.
Mamá le prepara la lonchera con comida balanceada y papá la lleva en auto a su nido.
Los Martes son sus días favoritos, son los días de clases de música. Siempre obtiene calificaciones altas en la materia. Desde temprana edad movía sus piernitas y bracitos al ritmo de las canciones que mamá escuchaba y, cuando aprendió a hablar, empezó a balbucear las letras de las canciones. Su favorita es “Over the Raibow”; mamá se derrite cuando ella canta esta canción.
A la hora del recreo lo primero que hace es correr hacia los columpios. Las profesoras cuentan que ella, así como refinada, es también muy audaz. Se eleva en el columpio más que los otros niñitos y le molesta que la ayuden con empujoncitos.
-Yo puedo solita—siempre dice.
Antes del refrigerio siempre lava sus manitas con jabón, usa su toalla de florcitas para secarse y luego la cuelga para que se aireé. Pone la cañita dentro de la cajita de jugo mientras le da una mordida al sanguchito triple que le preparo mamá. Luego abre su taper y come, con todo gusto, las uvas verdes que mamá le guardó en la mañana y las comparte con sus amiguitas. Cuando termina, guarda todo y va, tomada de la manito con su mejor amiguita, a cepillase los dientes.
Suena la campana que indica la hora de salida y ella delicadamente guarda sus cuadernitos en su mochilita y acomoda la silla donde se sentaba. Se despide de la profesora, de sus amiguitos y de Pepino, el canario que tienen en el aula.
Papá la espera en la puerta y siempre se llena de emoción al ver como ella corre a saludarlo. Suben al carro para ir a recoger a mamá a su oficina y juntos van a visitar a la abuela.
Por la noche, cuando ya están de regreso en casa, mamá y papá la arropan bajo la colchita de su cama. Ambos besan su frente, le desean buenas noches y se retiran de la habitación.

Mamá revisa los cuadernos y libros de su hijita. Está orgullosa por que todas son buenas calificaciones y notas de felicitaciones. Mamá se da cuenta que a uno de sus libritos le faltó colocarle el nombre. Va por una etiqueta, coge un lapicero y escribe:
Ariadna Rafaela Burga Cassana.



[Dedicado, con todo amor, a Patricia Cassana Hidalgo]

lunes 18 de agosto de 2008

La sonrisa verde (2da parte)


Foto

Al día siguiente encontramos en los mensajes de texto a los mejores aliados que alguien quisiera tener.
Nos extrañábamos, era inevitable, hasta hoy lo sigue siendo.
Esa noche había tenido un breve ensayo con la banda y, como ya es costumbre, luego tendríamos encerrona para jugar PS2 y tomar cerveza hasta el hartazgo.
-Estoy con unos amigos en el mismo lugar que estuvimos ayer, en la misma mesa. ¿Puedes venir?—me llamó por teléfono. Yo no sabía que hacer. Los muchachos jugaban desinteresados y desparramados cuales mamotas en mi cama, bebían complacidos y me escuchaban hablar con total afán chismoso fingiendo que no lo hacían; de otro lado estaban mis ganas locas de asistir a aquella invitación, de volver a verla y notar los verdes que brillan tras su bendita sonrisa, poder volver a abrazarla, sentir su olor y volver a sentirme vivo estando a su lado.
Tramé entonces un maquiavélico plan y me resultó a la perfección. Me hice el muerto de hambre y contagié en ello a los muchachos. Fuimos por una hamburguesas y regresamos a casa a pie, les invité manzanilla calientita, inventé un concurso de “seco y volteado” y todo mejoró: La comida lleno sus mofletudas panzas, la caminata terminó de dejarlos cansados, la manzanilla los adormitó y el concurso los dejo desastrosamente ebrios. Tras ello se quedaron recontra dormidos.
-Hola. ¿Siguen en el mismo lugar?—Le pregunté cuando la llamé, eran las dos de la madrugada y estaba ligeramente picadito.
-Si... ¿por qué?, ¿piensas venir?
-Si, estoy yendo para allá, me demoro lo que tarde el taxi.
-Lo máximo! Apúrate.
El cielo me mandó un taxi inmediatamente cuando salí de casa, negociamos un precio justo y, tras pactar un acuerdo, hice mi viaje casi interprovincial.
Poco antes de las tres de la mañana me aparecí en el lugar.
La vi de inmediato, ella hizo lo mismo. Me regaló toneladas de verde, me recibió con un gran abrazo. Sentí que había tomado la más saludable decisión de mi vida. No fue por impulso, no fue por insistencia y mucho menos por algún tipo de conveniencia, fue por amor que estaba allí.
Pasaron las horas entre cervezas, cigarros y conversaciones a mano tomada. La gente se marchó, se apagaron las luces, limpiaban el lugar, nos tuvieron que pedir por favor que nos vayamos.
Entonces ahí estábamos nosotros, parados al costado de una banqueta y supervisados por la mirada atenta de las amistades. Nada nos inquietaba, no sentía ruido alguno, no había frío y no existía la lluvia. Así ocurrió el milagro: Bajo la luz de la enorme y plateada Luna de esa noche, viéndola verme fijamente a los ojos, rodeado de verde majestuoso, con sus manos sujetando fuertemente mi ropa y con las mías acariciando su rostro. Nos besamos.

Pasó una eternidad. Se extinguió el homo sapiens, viví en Neptuno, me fusioné con la Luna, los vecinos de Urano nos permitieron visitar sus ciudades, presencié una supernova, conocí a un ser llamado Danavino, Don Abel me felicitó dándome la mano, Naslorga susurraba en mi oído derecho, Fanlu me abrazaba, vi sonreír a Qantrish por primera vez y Ariadna me dijo quien sería su mamá. Todo eso ocurrió mientras nos besábamos.

Un amigo nos hizo salir de trance, nos dijo que tenía hambre y quería que lo acompañemos a comer. Paramos un taxi. Ambos nos sentamos en la parte de adelante, iba ella sobre mis rodillas, me abrazaba, la abrazaba.
Nos sentamos juntos en el restaurante, nosotros no comimos. Yo tenía hambre de sus besos y de rodear su pequeña cintura con mis manos, tenía hambre de vivir con el verde a mi lado, tenía hambre de amarla como ella lo merece y no saciarme nunca. Si a esto se le puede llamar gula, entonces quiero ser el más capitalista de los pecadores.
Nos tomaron una foto de aquel momento y ella me la mandó al correo electrónico al día siguiente.



Para tener la parte final de esta historia, en la que aún vivo y en la que viviré siempre, necesito que me paguen el módico precio de 16 comentarios.
Viene el nombre de ella, lo que vamos a hacer y una excelente noticia.
ADVERTENCIA: No valen 10 comentarios por persona... ojito Luna xD

viernes 8 de agosto de 2008

La sonrisa verde


¿Crees en el destino?

Nos teníamos en los contactos del messenger ya que ambos pertenecemos al grupo de gente que sigue a una banda en cada uno de sus conciertos
La conocí cuando hacíamos la cola para entrar a un concierto, un amigo nos presentó, nos saludamos y eso fue todo, solo nos dijimos hola, no intercambiamos palabra alguna.
Pero habían ocasiones en las que si hablábamos por messenger. Ella ponía en su nick que se iba a Cuzco, yo le conté que también iba y pensamos que sería bueno encontrarnos estando allá; es así como intercambiamos números de teléfono.
Con frecuencia tengo problemas de sueño, no duermo bien, las noches se me hacen larguísimas y no encuentro remedio efectivo para solucionar el tema.
A veces se me ocurre mandar mensajes de texto a mis amigos. Como respuesta a esto recibo quejas, insultos, lapos. Pero hubo una respuesta que rompió la rutina, una respuesta que jamás pensé recibir; en vez de recibir un mensaje de texto, recibí una llamada.
Era la primera vez que hablaba con ella, nunca había oído su voz.
Hablamos sobre mis problemas de sueño, era como si estuviese conversando con una amiga de toda la vida. Congeniamos, nos caímos bien.
Se me presentaron problemas y por ello no pude hacer el viaje a Cuzco. A pesar de ello mis ganas de verla eran inconmensurables.
Una tarde, estando conectados al messenger, me armé de valor y la invité a salir, acordamos que iríamos al cine a ver Wall-e.
La pasamos muy bien, comimos mucha canchita, tomábamos mucha gaseosa. A Ella le asustan las cucarachas. Yo le decía que aquel bicho no era una cucaracha, que era un churrumino; así, sin estar enterada de lo que era un churrumino, se quedó un poco más tranquila.
Le encantó la película, me dijo que nadie nunca la había invitado a ver una película de animación.
Hace unos meses, tras la muerte de mi primo, tuve una experiencia mágica con los colores; desde entonces tengo la sensación de ver y percibir tonalidades en los gestos, en las palabras, en las personas.
Bajábamos por las escaleritas del cine y Ella de repente sonríe. En ese instante vi tonalidades verdosas emanando de su sonrisa, los verdes más claros y hermosos del universo, verdes muy cálidos y puros, apacibles y relajantes. Quise comentárselo, pero el miedo al ridículo hizo que me quede callado.
Luego del cine fuimos a un bar, tomábamos cerveza, conversábamos sobre nuestras vidas. Poco a poco fui siendo más transparente. Empecé a hablarle de mis aficiones, de mis gustos y sueños. Le contaba de las distintas cosas que he aprendido. Ella, con dificultad, opinaba al respecto. Me encanta que siempre esté en medio de todo, que crea en la posibilidad.
Hablamos de mis fracasos amorosos, me contó sobre los suyos. Nos han pasado cosas casi similares. Ella, al igual que yo, también sueña con tener una hija y, cuando habla de ella, puedo ver el brillo enorme en sus ojos. Tenemos la mima cantidad de tatuajes, incluso algunos son muy similares.
Por un momento hubo silencio, esos odiosos silencios que suelen interrumpir conversaciones.
Le pregunté si creía en el destino. Me miró con cara de desconcierto, se quedó un rato mirando a la mesa; luego levantó su tierna mirada hacia mí y me dijo que no estaba segura, que quizás. A mi me encantó esa respuesta, no había duda, Ella siempre estará en medio y eso es perfecto. Es perfecto por que eso la convierte en equilibrio, en sensatez y cordura perenne, no tiene dudas por que tiene dos opciones siempre.
Yo le digo que creo en el destino pero que también soy conciente de que cada persona es capaz de formar su propio camino.
Ella vuelve a sonreír y el verde inunda el lugar. Vivo con cada instante de su mirada tímida, de su manera de hablar, de la forma en que cruza las piernas.
Al final del día, antes de que pase a su casa, le pido que me de un abrazo, Ella vuelve a regalarme el verde que proviene de sus labios y, con gusto, accede a mi petición.
- En verdad sí, sí creo en el destino—me dice mientras me abraza.
Veo que entre, que cierre la puerta y me marcho. Enciendo un cigarro y camino un poco.
Regreso feliz a casa sin saber que aquella primera felicidad terminaría de completarse al día siguiente.


CONTINURÁ.


Postearé la siguiente parte de la historia cuando haya recibido, por lo menos, doce comentarios en esta publicación. :)

lunes 14 de julio de 2008

Lilium


El despertador y su insoportable ruidito suena a las siete de la mañana. Germán, como todos los días, corre durante veinte minutos en el parque que está cerca de su casa; luego del ejercicio tomará una ducha, preparará café y lo beberá en su balcón. Bebe el café en el balcón desde el día en que notó que Lucy, la nueva vecina de al lado, riega las plantas que compró hace poco y que colocó en su balcón.
Germán está decidido a superar sus nervios y, por primera vez, entablar conversación con Lucy.
Corre las cortinas, abre la puerta de vidrio y, tasa de café en mano, sale a su balcón.
Luego de unos minutos, Lucy hace su aparición; también corre sus cortinas, abre la puerta de vidrio y sale a su balcón. Lleva en sus manos una pequeña regadera con la que delicadamente pone agua a las plantas, su camisón de dormir es corto y deja ver sus largas y torneadas piernas, las que vuelven loco a Germán. Se pone en cuclillas, acomoda su cabello tras su oreja y riega la pequeñita planta que está en el suelo, en una macetita morada.
“Cambia la cara de idiota, se educado y no balbucees”—se dice Germán a sí mismo.
- Buenos días—dice Germán con voz tímida y poco clara.
La distancia que hay entre balcones no es mucha pero, dado el tono bajo de voz que usó Germán, Lucy no entiende bien lo que le quiso decir.
- Disculpa...¿me dijiste algo?
Germán siente como el calor y las tonalidades rojas invaden su rostro.
- Hola, buen día. Te estaba saludando, disculpa si no hablé claro.
- Buen día para ti también,—responde Lucy, sonrientemente—estos son los días buenos, los días de descanso, cuando uno no tiene que ir al trabajo.
- Que coincidencia, hoy también es mi día de descanso.
- ¿A si? Pero te levantaste temprano también.
- ...bueno si, digamos que el horario de sueño ya acostumbró a mi cuerpo a levantarse a la misma hora todos los días. Tu también te levantaste temprano.
- Si. Las plantitas, al igual que la gente con sus horas de comida, también tienen sus horarios. Dadas las distintas funciones que realizan, tienen su momento en el que emanan oxígeno y otro en el que reciclan el CO2, hay un momento para la fotosíntesis y otro para la polinización. Por eso aprovecho las mañanas, cuando recién están despertando, para darles de desayunar, no sería justo estropear sus horarios después de todo el trabajo gratuito que hacen por nosotros.
- Tienes mucha razón, es muy justo lo que haces.
- Si quieres ven a mi casa a la hora de almuerzo y podemos seguir hablando.
- ¿En serio? Me encantaría!
- Entonces te espero en la tarde, como a la una. Ahora tengo que llevar a mi perrita a su salón de belleza. Que estés muy bien.
Lucy abre y cierra su mano varias veces, a modo de despedida, sonríe y entra a su departamento con la mirada puesta todo el tiempo en los ojos de Germán.
A Germán no le cabe la alegría en su cuerpo. Entra corriendo a su departamento y en silencio, no sea que escuchen Lucy y los demás vecinos, salta, aprieta los puños, levanta los brazos y da vueltas, como futbolista cuando festeja un gol. No cree posible que le esté ocurriendo eso.
Luego, cuando vuelve a tierra firme, cree que lo mejor será no llegar con las manos vacías.
Sale de casa y se pasa la mañana buscando, en diferentes tiendas, el perfume más rico. Luego, como a Lucy le gustan las plantas y las flores, decide comprarle una preciosas azucenas que vio en una florería cercana a la tienda donde compró el perfume.
Finalmente compra una botella de un muy rico vino para acompañar la comida.

Minutos antes de la una, Germán ya está parado frente a la puerta de la casa de Lucy, oliendo muy rico y trayendo consigo una botella de vino y un gran ramo de azucenas. Hace una corta oración en su mente y toca el timbre.
Una señora mayor, con lentes oscuros, un tanto despeinada y con semblante decaído abre la puerta. Le extraña la presencia de aquel muchacho que va vestido de esa manera, lo mira de pies a cabeza.
- ¿Se le ofrece algo?
Germán no cree haberse confundido de departamento, además a esa señora no la había visto nunca en su vida, se le hace extraño.
- Buenas tardes busco a Lucy, soy su vecino y habíamos acordado una reunión para almorzar hoy.
- Mi hija me contó algo así, Pasa por favor.
La señora abre la puerta y deja entrar a Germán. Con un movimiento de su mano le indica el sofá y le invita a tomar asiento. Germán está algo confundido, pero sabe que no se equivocó de casa, además la señora ya se había presentado como mamá de Lucy. “Seguramente ella tardará un poco en volver y mandó a su madre a que me atienda por un momento para no dejarme plantado”—pensaba.
- Tengo que contarte algo hijo. ¿Disculpa, cual es tu nombre?
- Germán, señora.
- Es muy difícil, no se como pudo haber pasado—la señora seca, con un pañuelo, las lágrimas por debajo de sus lentes oscuros.
- ¿Sucedió algo malo señora?—Germán comenzaba a inquietarse.
- Hace unas horas, en la mañana, hablé con Lucy. Mi hija me contó que llevaría a la perrita al veterinario ya que, como todos los Lunes, era el día en que la bañaban. Me contó también que el chico que le gustaba, por fin había entablado conversación con ella y que hoy almorzarían juntos. La señorita de la veterinaria me contó que Lucy iba a dejar al animalito un momento mientras ella iría al supermercado. La señorita escuchó el horrible ruido de un auto frenando, un fuerte golpe, a mujeres gritando en la calle y niños llorando. Salió a ver que pasaba y vio a Lucy...—la señora inclina la cabeza y sostiene con una mano su frente.
- Dios mío...dígame que ocurre por favor—los ojos de Germán se llenan de lágrimas.
- El tipo que manejaba estaba borracho, perdió el control del auto y chocó contra un poste de luz después de atropellar a mi hijita...ambos perdieron la vida al instante.
Germán dejó caer las azucenas al piso, soltó la botella sobre el sillón, se puso en pie, miro a la señora, bajó la mirada y salió de la casa. Caminó por el pequeño pasillo hasta que llegó a la puerta de su departamento, entró a su casa, tiró las llaves sobre la mesa, corrió las cortinas, abrió la puerta de vidrio, apoyó los antebrazos en la baranda del balcón y lloró amargamente por largo rato.

Pasadas las horas oyó que tocaron la puerta de su casa. Cuando se acercaba a la puerta vio que por debajo de ella le dejaban una nota. La leyó y había anotada una dirección. Abrió la puerta para ver quien era la persona dejaba el papel y vio a la mamá de Lucy bajar las escaleras que estaban al final del pasillo.
Secó sus lágrimas, lavó su rostro y salió de casa buscando esa dirección.
Cuando dio con el lugar no supo si entrar o no. Afuera de la casa había gente con rostro acongojado y vestida con trajes oscuros. Supuso que era el funeral. Como él estaba vestido con ropa casual, pensó que lo mejor sería no entrar vestido de esa manera. Se estaba dando media vuelta para irse y oyó la voz de la madre de Lucy que le decía que le daba gusto que haya llegado. La señora lo invita a pasar y lo conduce hasta llegar frente al ataúd. Sobre el ataúd están las azucenas que había comprado. La señora saca una flor de aquel ramo y se la entrega a Germán.
- Eran las flores favoritas de mi hija, seguramente en este momento está muy feliz de tenerlas—le dice la señora.
Germán sostiene entre sus manos aquella flor y la queda mirando. La señora pone una mano sobre el hombro de Germán, le da un leve apretón y se retira.

Al día siguiente, luego de asistir al sepelio, Germán regresa a casa. Va a su balcón e imagina a Lucy regando con delicadeza sus plantas.
“¡Las plantas!”—piensa Germán.
Se llena de valor y da un salto desde su balcón hasta el de Lucy. Una por una lleva a su casa las plantas que eran de Lucy. Entra a la casa de quien fue su vecina y recoge la botella de vino que había dejado sobre el sillón.
Nuevamente en casa descorcha la botella, sirve una copa y brinda con las plantitas mientras las riega, delicadamente, como lo hacía Lucy

Germán, desde entonces, cada día se levanta quince minutos más temprano y riega con mucho cariño esas plantitas.
Poco a poco su balcón se va llenando de macetas, plantas y flores. Se inscribe a clases de botánica y conoce a una chica llamada Azucena, quien en el futuro será su esposa.
En una salida, Germán le cuenta a Azucena la historia de Lucy. Azucena agradece en una oración a esta mujer y reza por su alma; de no ser por ella jamás habría podido conocer a Germán, el amor de su vida.

La pareja empieza un negocio de flores y poco a poco la ciudad se llena de sus locales, alcanzan incluso fama internacional y son reconocidos por su empeño en el cuidado y la preservación de las distintas especies.
Luego de casados, Azucena queda embarazada. Los doctores les dicen que el hijo que esperan será una niña.
Ambos están de acuerdo en que se llamará Lucy.

jueves 3 de julio de 2008

Farmito

Hoy en la mañana, y como ya es costumbre, salí a comprar un periódico en el quiosco que está a la vuelta de mi casa.
El vecindario estaba tranquilo como de costumbre, las personas iban y venían por la calle, había gente en la bodega que está a mitad de cuadra, los chinitos del chifa habrían su local y se empezaban a oler los aromas orientales. La señora de la lavandería tejía algo con sus palitos y lana, mientras esperaba que la lavadora termine de centrifugar. El quiosco estaba rodeado de gente que leían los titulares de los diarios y un niñito compraba paquetes de figuritas para su álbum.
Compré mi periódico y, cuando regresaba a casa, recordé que la crema para los tatuajes ya se me había acabado. Di media vuelta para ir a la nueva botica, que una conocida cadena de farmacias había establecido en la esquina frente al quiosco. Pregunté a la señorita—que por cierto es muy guapa—y me dijo que sí tenían la crema, estaba más barata que en otros lugares. La señorita entró a buscar el producto y fue entonces que el clima de la botica cambió, el clima del barrio cambió, el clima de mi día cambió: un hombre disfrazado de muñequito doctor se paró en la puerta a regalar globos a los niños que pasaban por la calle. Los niños le preguntaban como se llamaba y el decía, con voz de pito, que su nombre es “Farmito”.
El pata era un mate de risa, bailaba sin música, daba la mano a los niños, regalaba globos incluso a la gente mayor, no se quedaba parado simplemente en la puerta de la botica, cruzó la pista y le regaló un globito a la señora de los emolientes y a sus clientes, estira la mano y le da otro al cobrador de un micro. Los chinitos del chifa, el señor de la tienda y la señora del quiosco ya tienen su globito también; Farmito se mete en el bolsillo a la gente del vecindario, yo ya soy su hincha.
Entonces me entra el bichito de la curiosidad. Farmito regresa a sacar más globos. Antes de que entre a la trastienda lo abordo y le pregunto si puedo hacerle una entrevista. Le cuento que tengo un blog y que me gustaría acepte ser mi primer entrevistado. Veo, por el hueco que hay en la boca del muñeco, que los ojos del hombre se achican a modo de sospecha. Las chicas que atienden en la farmacia cuchichean algo en silencio y Farmito se da cuenta de eso.
- Ya pe’ causa, normal, pero ahorita estoy en chamba pe’ no hagas roche. Cáete a la una que es mi hora de almuerzo.
Farmito se va a traer más globos, la chica guapa me cobra lo de la crema, me da el vuelto y me regala un caramelito. ¡Gracias por su compra!—me dice. Siento que me sonrojo, (no se por que) cojo el caramelito y regreso a casa.

Se me pasa volando la mañana. Me doy cuenta que ya es un poco más de la una de la tarde y salgo apresurado a entrevistar a Farmito. Como ya es costumbre me doy cuenta, a medio camino, que algo olvidé. “¿Como voy a hacer una entrevista sin algo con que grabarla?”—me digo. Vuelvo a casa y recojo el mp3 (lo bueno de esta cosa es que también tiene grabadora de voz).
Llego a la botica y Farmito no está. Luego de preguntar, la chica guapa me dice que cree que se fue a almorzar al chifa. Camino un poco hasta llegar al chifa, me quedo parado en la puerta, busco con la mirada.
- Oe barbita pasa pe’.
Un chico de aproximadamente mi edad me pasa la voz con la mano levantada. Me acerco a su mesa, noto que es bien flaco, tiene el cabello corto al frente y largo en la parte de atrás, come casi echado sobre su plato, le doy la mano y me siento frente a él.
- ¿Tú eres Farmito?
- Así es pe’: “Farmito”... alias Roberto Flores Ruiz. Así que me vas a entrevistar—me dice con la boca llena de arroz.
- Sí. Tengo un blog en internet, nunca hice una entrevista, pero pareces buena onda, me gustaría que seas mi primer entrevistado.
- Ta bien causa como las huevas, pero a mi no me hables de internel infernet... esa vaina. Yo me quedé en maquina de escribir nomás.


Me mata de risa el pata, hasta apodo ya me puso. Su voz, media ronca-borrachosa, difiere totalmente con la voz de Farmito, la voz de pito. Enciendo el mp3 y le hago la pequeña entrevista que redacto, tal cual, a continuación:

- ¿Desde cuando trabajas como muñequito?
- Nada causa, lo del muñequito lo hago los Martes y Jueves nomás, me cayó esta chamba del cielo y ya sabes pe’... chamba es chamba. No se puede desperdiciar nada. Acá en San miguel solo voy a estar hoy y el Martes que viene.
- ¿Y que haces los otros días?
- Soy cómico ambulante.
- Ala que chévere! ¿En donde haces tus presentaciones?
- En cualquier plaza de por aquí o por allá, hasta que llegan los policías municipales o los serenazgo y te botan con roche, como si fuera patito feo... tss con tremenda pepaza que me manejo... ¿sí o no?
- jaja no se, yo le voy al Necaxa.
- Ese conche... tienes tu chispa, barbita!
- Bueno sigamos. ¿Qué tal la experiencia como Farmito?
- Cague de risa! Yo no puedo con mi genio, ando vacilando a la gente en todos lados. Por ejemplo ahorita que hace frío es rico ponerse el disfraz, esa esponja y dunlopillo del muñeco abriga chévere on’ , ta que pero en verano... un horno causa, peor que sauna la huevada. Pero así es la vida pe hay que ganase los chibilines para llevar pa’ el té y pan de mis cachorros.
- ¿Cuántos hijos tienes?
- Tres on’, dos hombrecitos y una mujercita.
- ¿Eres casado?
- no, pero convivo con mi señora.
- ¿En donde vives?
- En mi casa pe’... en mi casa que está en Pachacutec, en Ventanilla. Seguro ni conoces.
- Si conozco. Hace unos años fui al colegio Cristo redentor que está en el sector tres, fui con una parroquia haciendo una chocolatada navideña para los niños de allí.
- Ta que chévere causa, buena voz. Ya te habrás dado cuenta que falta ayuda como cancha. Yo soy pobre pero honrado, a mi no me da roche meterme en el muñeco ni pararme en un plaza a hacer reir a la gente.
- Y eso en verdad es admirable.
- O causa, más bien yo ya me voy a tener que ir yendo. Muy tarde haz venido pe’.
- Sí, lo siento, se me pasó la hora.
- Pero normal pe’ el Martes que viene la seguimos si quieres.
- Ya mostro, seria genial.
- ... más bien varón, no lo tomes a mal... pero déjate un sencillo pa la gaseosa pe’.
- jaja, normal.
- Chévere causa.

Farmito (Roberto Flores) se puso en pie, cogió los soles que puse sobre la mesa, me dio la mano, un golpecito en el hombro y se retiro regalándome su chimuela sonrisa.

El Martes que viene iré a visitarlo pero no a seguir con lo de la entrevista.
Si todavía estas leyendo este post y quieres ayudar a Roberto y familia con algo de ropa, alimento o lo que creas conveniente ponte en contacto conmigo. Puedes escribirme al correo orbuco@gmail.com o agregarme al messenger orlandogreenday@hotmail.com
Gracias de antemano.
Disculpen si el blog esta vez se salió de contexto.
Sabrán comprender.


PD: Por error el post anterior (“la verdad”) no permitía comentarios de parte de aquellos que no tiene cuenta con el servidor. Las disculpas del caso para quienes intentaron comentar y no pudieron, sobre todo a “fan de nano =)” , “laura” y “jerc”.
Un abrazo para todos.
 
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