Ofelia es una niña muy inteligente, vivaz, de ojos grandes y todavía inocentes, con postura de lady refinada y sonrisa carismática. Tiene once años y ya trabaja. Alquila caballos para paseo y es guía en el pueblo al que habíamos llegado – Camila y yo – la noche anterior.
Nos levantamos temprano y fuimos hacia la plaza. Allí, Ofelia nos preguntó si ya teníamos caballo para ir a conocer el pueblo y alrededores; nosotros respondimos que no, que lo primero que queríamos hacer era tomar desayuno. Nos dijo que si queríamos podíamos ir al quiosco donde su madre vende choclo con queso y ponche de maca.
Que buena! Choclo con queso! – dijo Camila – No se que cosa sea el ponchi o punchu con masa ese, pero quiero ir por el choclo con queso.
Es ponche de maca y también te va a gustar, es buenazo.—le dije.
Ofelia sonrió y nos dijo que la sigamos.
A medida que subíamos por la callecita, que estaba muy empinada, nos acercábamos a un largo quiosco cuadrado que tenía una larga barra y ésta bordeaba los cuatro lados, todas las banquitas estaban ocupadas, el lugar estaba repleto. La niña entró, le dijo algo a la señora que servía y preparaba la comida mientras nos señalaba. La señora nos saludó con la mano, nosotros respondimos el gesto. Ofelia sacó dos banquitas más, le dijo a unos chicos que se arrimaran un poco, ellos lo hicieron sin ninguna molestia y nos invitó a sentarnos. Volvió a entrar al quisco. De una gran olla de barro, que estaba sobre una cocina de carbón, sacó dos enormes, amarillos, brillosos y lindísimos choclos, cortó dos gigantescas tajadas del muy blanco y delicioso queso fresco que adornaba los mostradores, los puso sobre platitos de barro y los llevó a nuestro sitio. De otra olla, que también era de barro, sacó con un cucharón el ponche de maca y nos lo sirvió en unas graciosas tacitas... si, también de barro.
No se si sea el barro o no pero este brebaje esta más que bueno, aparte este choclo tiene unos granos enormes, podemos hacer pastel de choclo para ocho personas con un solo grano... y el queso!... uff, que decirte, de exportación la webá.— me dijo Camila, muy sorprendida.
La gente que estaba cerca, que eran lugareños, y habían escuchado el comentario empezaron a reír orgullosamente.
Así es señorita. —respondió un anciano que llevaba sombrero de paja. Así es cuando uno trabaja con mucho cariño y con chicha de jora encima.
Todos reímos.
La gente se iba retirando luego de terminar su desayuno. Algunos se despedían dándonos la mano, otros levantaban su sombrero y agachaban un poco la cabeza, unos hacían una pequeña venia. Nos quedamos solos en el quiosco con Ofelia y su mamá.
-Bueno, ahora creo que tenemos que ir a hacer el tour en caballo. ¿No Ofelia? —Le dije a la niña.
- Anda Ofe apura, anda al establo y trae las yeguas para que lleves a los jóvenes.—Le dijo la mamá a su hija.
- Mejor nosotros vamos hasta el establo con ella, cosa que así caminamos un poquito para que nos baje la comida que estoy toda llena.—Dijo Camila.
- Ya, síganme, es como a cinco minutos caminando.—Nos dijo la niña.
Llegamos al ordenadísimo y pulcro establo que sincronizada y efectivamente estaba a cinco minutos caminando.
- Asu, cuantos caballitos tienen.—Le dije a Camila.
- Si, parece que estuvieran de hambre por que andan todos flacos los pobres.—Me respondió.
- Así es el caballo cholo, – nos explica Ofelia – son de contextura delgada, comen bastante pero igual se les ve huesudos, como si nunca los alimentasen. A pesar de eso son más fuertes y resistentes que un caballo de carrera, pueden cargar tres veces su peso y es difícil que se canse, bien recio es. Pueden escoger en cual quieren ir.
Empezamos a pasear por el lugar viendo caballitos, tratando de adivinar cual es el más dócil, cual estaba menos cansado.
- A mi me gusta el marroncito de mancha blanca en la frente.—les dije.
- Yo quiero ir en este que se peina con raya al medio.—dijo Camila.
- Bueno pues, – dice Ofelia – esas yeguas son más fuertes que los machos, escogieron bien.
La de usted joven se llama Milo y la de usted señorita se llama Nana.
Cami y yo nos miramos, nos matamos de risa.
Pasamos las siguiente cuatro horas recorriendo lugares bellísimos, bajando y subiendo de Milo y Nana, aprendiendo a atar caballos en troncos de árbol, “schuu”, “Ohh”, “Arre” eran las palabras más mencionadas.
No olvidaré nunca las blancas caídas de agua que regaban las laderas de los imponentes cerros verdes que nos resguardaban, la vista en miniatura del acogedor pueblo que teníamos desde lo alto del mirador, las grandes y dulces naranjas que sacamos de los árboles que estaban en el camino, el bosque de mariposas coloridas y el aroma relajante de sus flores, las enormes piedras magnéticas de los restos de edificaciones incas, ver su cabello danzar al ritmo del viento y saber que el viento venera ese precioso movimiento, poder sentir el viento frío en mi rostro, cerrar los ojos y entrar en trance con la música creada por las herraduras de los caballos al pisar, dejar que mi corazón se encienda de emoción y no tener ganas de extinguir ese fuego, ver a la Luna en el cielo despejado de aquella mañana y Naslorga danzando regocijada entre los sembríos de trigo.
El tiempo dio exacto para conocer todos los alrededores, los quince soles gastados por cada caballo estaban bien pagados.
- ¿Ahora que hacemos hasta mañana? Ya conocimos todo.—le dije a Camila.
- No se, vamos a almorzar y ahí pensamos.
- Disculpen que interrumpa, pero aún no han conocido todo.—dijo Ofelia.— Les faltaría ir nomás al pueblito de San Patricio, ahí viven familias que se dedican a la minería, la mina esta ahí cerquita nomás. Lo malo es que San Patricio está a una hora de aquí en caballo. Por quince soles más les llevo a los dos a que conozcan si quieren.
Estuvimos de acuerdo con la proposición de Ofelia y decidimos almorzar allá.
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Camino de trocha bien afirmada, vacas pastando, un puente para cruzar un río y tras una pequeña colina se deja ver el arco pintado en colores ocres que da la bienvenida y que informa a los visitantes que han llegado al pueblo de San Patricio.
Ofelia nos preguntó si queríamos almorzar antes de ir a conocer la mina. Le respondimos que si. Nos dijo que sería bueno ir con Don Abel. Dice que este señor prepara truchas de mil maneras diferentes, cuenta que cada una es un manjar total.
Nuevamente seguimos el consejo de Ofelia y fuimos donde ella nos recomendó.
Don Abel tiene aproximadamente setenta años, es una de las personas más respetadas del pueblo. Luce una larga barba gris y no soporta usar zapatos, sus manos dan fe de todo el fuerte trabajo que realizó a lo largo de su vida, sus ojos son profundos y denotan sabiduría, habla de manera pausada y gesticula bastante con las manos.
Nos invita a pasar a su casa que es también un restaurante campestre en donde no había ningún cliente. Trae la carta que está conformada por distintos tipos de platos hechos a base de trucha. Insiste en que comamos ceviche de trucha, dice que podemos ir a la pisci-granja y que podemos escoger el pez con el cual preparará nuestro plato. Accedemos.
Vemos uno grande, de ojos desorbitados y panza colorada. Le decimos que queremos ese. Tira muchas migajitas de pan cerca de la orilla, los peces se acercan como locos a tragarlas, se hecha al borde de la piscina, nuestra trucha panza roja se acerca a comer y Don Abel, con gran destreza, introduce sus manos en el agua a velocidad de rayo. Ahora entre sus manos está el escurridizo y movedizo pescado.
Nos pide que vayamos rapidito con él a la cocina. Pone a la trucha bajo el agua que corre del caño, abre sus branquias, quita las escamas pasando el filo del cuchillo a manera de lija sobre el pescado, le quita las viseras y la cabeza, lo remoja en agua con sal, filetea de manera mecánica, el cuchillo parece parte de sus extremidades, corta ocho limones por la mitad y los exprime en un recipiente, muele ajo aplastándolo con una piedra, corta los filetes del pescado en cuadritos y los mezcla con el jugo del limón y el ajo molido. Corta en juliana unas coloradas cebollas. Dice que esperemos tres minutos que cocine un poquito la mezcla mientras el va preparando la canchita serrana.
Pasados los tres minutos, y habiendo incorporado ya la canchita a los platos, nos regala el mejor ceviche, el más rico que pude haber probado en toda mi vida.
Ofelia suspiraba acariciándose la barriga, Camila estaba sorprendida, no le gusta mucho la comida marina pero lo que acababa de comer, hasta dejar limpio el plato, era más que espectacular. Yo tenía ganas de pedir repetición.
Don Abel trae una jarra de chicha de jora heladita. “Es para que bajen la truchita” – nos dice y se sienta en nuestra mesa para hacernos compañía.
- Todo estuvo muy rico Don Abel, muchas gracias.—le digo.
- Sobre todo la chichita esta, me sorprendo cada vez más con las cosas que me dan de tomar.—dice Camila.
- Yo sabía que don Abel cocina siempre rico, por eso los traje aquí.—comenta Ofelia.
- Gracias jóvenes, es más rico todavía si es gratis .—dice riendo Don Abel.
- ¿Cómo que gratis?—decimos en coro todos, totalmente sorprendidos.
- Claro, la temporada alta todavía empieza el otro fin de semana, recién abrí hoy por la mañana y ustedes son los primeros clientes en venir. Les regalo lo que han comido, es una costumbre que siempre me trae suerte: la primera comida que preparo siempre es de cortesía. Por favor, no me arruinen la tradición.
- ¿Lo dice en serio?.—le pregunto.
- Claro jóvenes, acéptenlo con mucho cariño.
- Bueno gracias, pero no me diga joven. Soy Nano.
- Y Yo Camila.—Le dijo sonriente y estirando su mano para estrechar la suya.
Le cuento que queremos ir a conocer la mina. Nos pregunta si alguna vez estuvimos en una. Le digo que con las justas fui a la que está en el parque de las leyendas y que lo único que salva esa visita aburrida es el simulador de ascensor que hay ahí.
- ¿Son bautizados?—Pregunta Don Abel.
Todos movemos la cabeza afirmativamente.
- ¿A que viene esa pregunta?—Dice Camila.
- No me gustaría que tengan problemas con El Muqui.
- ¿Quién es Muqui?—Pregunto.
- El Muqui es un duende que habita las minas de toda la sierra del país. Aquí muchas personas han sufrido por culpa de este ser. Algunos bebés desaparecieron, se perdía ganado de manera ilógica, incluso algunos mineros han intentado ser llevados a las profundidades de las minas, es pequeño pero tiene mucha fuerza y así los arrastra hasta el fondo, hacía la oscuridad. A esa gente no se les vuelve a ver.
- ¿Pero que no son puros cuentos eso?—dice Camila.
- No hija, a mi me pasó. Cuando era joven trabajaba hasta muy tarde en la mina y a veces me quedaba haciendo turnos toda la noche también. Estaba con un compañero empujando los carros que van sobre los rieles y escuchamos los gritos de auxilio de una persona, venían del fondo de la mina. Cogimos nuestros picos y corrimos hacia adentro a ver que pasaba. La luz se cortó, solo veíamos con la pequeña lámpara que está sobre los cascos. Seguimos avanzando y cada vez nos acercábamos más a los gritos. El compañero que gritaba estaba casi desnudo tirado en el piso, lloraba y tenía cara de terror. Vimos bien y este ser horrible de cuerpo desforme y pequeño lo jaloneaba de una pierna. El compañero que estaba a mi costado se quedó petrificado del miedo. El Muqui lo vio y corrió a jalonearlo a él también. Se llenó de pánico y no atinó a defenderse. Luego vino por mi, me jaloneaba muy fuerte y a pesar de que yo luchaba con todas mis fuerzas no podía hacer nada, este duende es muy fuerte. A penas pude, ya casi rendido, saqué la estampita de San Patricio que me regaló mi abuelo y que siempre llevo conmigo. Empecé a rezarle. Milagrosamente cuando el Muqui vio lo que tenía entre mis manos se llenó de miedo, empezó a golpear su cabeza contra la pared de piedra y se fue corriendo desapareciendo en la oscuridad del fondo de la mina.
Mis compañeros y yo le estuvimos muy agradecidos a San Patricio, contamos la historia a todos los pobladores y construimos la capillita que tiene su nombre. Recién, después de tantos años, hace poco que las autoridades departamentales nos permitieron cambiarle de nombre al pueblo para llamarlo como nuestro santo patrono.
Todos teníamos cara de misterio, habíamos atendido con total disciplina la historia que don Abel nos había contado. Ofelia tenía un poco de miedo y estaba casi abrazando a Camila.
- Nunca supe por que El Muqui se espantó tanto con San Patricio.—Continuó Don Abel.
- Yo creo saber por que.—Les dije y me quedaron mirando con cara de asombro.
- A ver hijo, cuéntame por que.—Dijo en tono irónico Don Abel.
- Hace mucho tiempo un cura llamado Patricio, que decían era muy milagroso, empezó a transformar al catolicismo a miles de personas en Irlanda. Los Druidas (sacerdotes de tradición celta), al verse disminuidos y notando que estaban siendo absorbidos por esta nueva religión, decidieron invocar a un ejercito de duendes y los enviaron al pueblo con el fin de atormentar a los supuestos traidores. Luego de saquear el pueblo y llevarse a los hijos de los pobladores decidieron ir al monasterio donde Patricio residía. Los Duendes entraron al templo, empezaron a causar destrozos, saquearon las riquezas del recinto y atemorizaron a los curas. Finalmente Patricio los enfrentó e invocando a Dios logró expulsarlos y mandarlos a las profundidades de la tierra.
- Por eso es que salen de las minas...—Dijo don Abel.
- No se, tal vez, puede ser por eso. Quien sabe.
Ofelia advirtió que el cielo se tornaba gris, era inminente la lluvia y que por eso debíamos empezar el viaje de regreso, si empezaba a llover en pleno camino sería muy riesgoso para nosotros.
Don Abel nos acompañó a los caballos, se despidió afectuosamente de nosotros y nos dio su bendición. Me pidió hablar conmigo un momento antes de marcharnos.
Nos apartamos de Camila y Ofelia unos cuarenta metros y nos sentamos en una banquita de madera.
- Muchas gracias por lo que me haz enseñado hoy muchacho.
- No hay nada que agradecer Don Abel, solo le conté una historia.
- Pero sin notarlo hiciste hacerme entender mi fe por San Patricio... ¿Puedo pedirte un favor hijo?
- Claro, dígame.
- Cuando escribas sobre lo de hoy, no digas exactamente donde queda el pueblo.
Yo me quedé helado. Una corriente fría recorrió todo mi cuerpo y el desconcierto era enorme. ¿Cómo era posible que este señor sepa que me gusta escribir y que ya había pasado por mi cabeza la idea de contar esta historia?
- Recuerda que los golpes de la vida te van a hacer más fuerte y no son en vano.—Continua Don Abel.— Además tienes que ser fuerte para amar a tus hijos y a la bella esposa que tendrás. No dejes nunca de mirar a la Luna, tu destino se dibuja y florece en ese camino.
- ¿Quién es usted Don Abel?
- Nos vamos a volver a ver y ahí lo sabrás.
- ¿Por qué siempre me dejan con las cosas a medias?
- Así será hasta que dejes de hacer tantas preguntas y hasta que entiendas que los misterios son los que hacen interesantes nuestras vidas y que solo así obtendremos mayor sabiduría.
Ahora ya vayan que apenas lleguen va a empezar una fuerte lluvia. No olvides prestarle atención a las señales... y por cierto muchacho, me gusta el pentaculo que tienes tatuado.
Nos pusimos de pie, nos dimos un fuerte abrazo y regresé a mi caballo.
Camila me preguntó que me había dicho Don Abel. Le dije que era cosa de hombres.
Ap, bueno, que eres loco.—Me dijo.
Llegamos al pueblo nuevamente y, como dijo Don Abel, empezó a caer fuertemente la lluvia. Le dimos gracias a Milo y Nana por haber soportado nuestro peso tanto tiempo. Ofelia se retiró, previo besito y abrazote, agradeciendo por el hermoso día que había pasado con nosotros, dijo que no nos olvidaría.
Era hora de ir a descansar, tendríamos que despertar temprano al día siguiente para regresar a Lima y luego hacer el viaje a Trujillo.