
Bajé de la combi que deja a los pasajeros en una esquina de la plaza de armas del pueblo que está antes de San Patricio.
Me quedé sentado un rato en una de las bancas. Tenía la esperanza de encontrar a Ofelia y que ella me lleve, como la vez pasada, con Don Abel.
Luego de media hora, de vana espera, se me ocurrió ir a buscarla al puesto de comidas que tiene su madre.
Caminé por las empinadas calles de aquel lugar. Con frecuencia pasaba más de una vez por el mismo sitio, no recordaba como llegar. Pregunté a un chico, que atendía en una farmacia y, dando las descripciones de la señora y de su puesto, finalmente pude llegar siguiendo la ruta que, me dijo, debía tomar.
La señora estaba sola en el puestito. Lavaba platos y vigilaba una ollita de barro, donde se cocinaba algo, que regalaba delicioso aroma.
- Buenos días señora. ¿Me da por favor un mate?
- Claro joven.—me responde y voltea a verme. Me mira como reconociéndome, se extraña un poco, pero no dice nada más.
- ¿Qué es de la vida de Ofelia?. Estoy tratando de encontrarla. Necesito que me lleve a San Patricio.
- No está joven. Salió del pueblo a visitar a un familiar, regresa mañana recién.
- Caramba. No puedo esperarla, tendré que ir por mi cuenta.
- Si quiere le puedo decir al Joaquín que lo lleve. Es mi hijito, el mayor.—me dice y pone la tasa, con el humeante mate, sobre la barra.
- No sabía que Ofelia tenía un hermano.
- Ahorita en un rato debe regresar. Se fue a traer leche del establo, ya debe estar por venir.
Me quedé sentado, esperando tranquilamente, bebiendo el riquísimo mate que había hecho la señora, escuchando los huainitos que pasaban en la radio, respirando calma luego de mucho tiempo, sintiendo el olor de aquello riquísimo que se cocinaba, viendo a la gente caminar sin apuros, sin rostro de preocupación.
Luego de unos minutos vi venir a un chico que subía por la calle. Empujaba un triciclo que llevaba un gran recipiente de metal. Se detuvo junto al puesto e intentó bajar el recipiente, que se veía estaba pesado. Me ofrecí a ayudarle.
Mientras bajábamos el recipiente la señora le reclama al muchacho por la demora que ha tenido. Él le explica que fue por culpa de un caballo que se puso como loco y estaba alborotando al resto en el establo. Cuando logró calmarlo intentó ver que era lo que perturbaba al animal y notó que una astilla, de uno de los palos que trancan la puerta, se le había incrustado en una de sus piernas traseras y eso lo desesperaba. Se la sacó con mucho cuidado, no quería que el caballo le vaya a patear, y así, finalmente, el animal recuperó la calma.
Me quedé sentado un rato en una de las bancas. Tenía la esperanza de encontrar a Ofelia y que ella me lleve, como la vez pasada, con Don Abel.
Luego de media hora, de vana espera, se me ocurrió ir a buscarla al puesto de comidas que tiene su madre.
Caminé por las empinadas calles de aquel lugar. Con frecuencia pasaba más de una vez por el mismo sitio, no recordaba como llegar. Pregunté a un chico, que atendía en una farmacia y, dando las descripciones de la señora y de su puesto, finalmente pude llegar siguiendo la ruta que, me dijo, debía tomar.
La señora estaba sola en el puestito. Lavaba platos y vigilaba una ollita de barro, donde se cocinaba algo, que regalaba delicioso aroma.
- Buenos días señora. ¿Me da por favor un mate?
- Claro joven.—me responde y voltea a verme. Me mira como reconociéndome, se extraña un poco, pero no dice nada más.
- ¿Qué es de la vida de Ofelia?. Estoy tratando de encontrarla. Necesito que me lleve a San Patricio.
- No está joven. Salió del pueblo a visitar a un familiar, regresa mañana recién.
- Caramba. No puedo esperarla, tendré que ir por mi cuenta.
- Si quiere le puedo decir al Joaquín que lo lleve. Es mi hijito, el mayor.—me dice y pone la tasa, con el humeante mate, sobre la barra.
- No sabía que Ofelia tenía un hermano.
- Ahorita en un rato debe regresar. Se fue a traer leche del establo, ya debe estar por venir.
Me quedé sentado, esperando tranquilamente, bebiendo el riquísimo mate que había hecho la señora, escuchando los huainitos que pasaban en la radio, respirando calma luego de mucho tiempo, sintiendo el olor de aquello riquísimo que se cocinaba, viendo a la gente caminar sin apuros, sin rostro de preocupación.
Luego de unos minutos vi venir a un chico que subía por la calle. Empujaba un triciclo que llevaba un gran recipiente de metal. Se detuvo junto al puesto e intentó bajar el recipiente, que se veía estaba pesado. Me ofrecí a ayudarle.
Mientras bajábamos el recipiente la señora le reclama al muchacho por la demora que ha tenido. Él le explica que fue por culpa de un caballo que se puso como loco y estaba alborotando al resto en el establo. Cuando logró calmarlo intentó ver que era lo que perturbaba al animal y notó que una astilla, de uno de los palos que trancan la puerta, se le había incrustado en una de sus piernas traseras y eso lo desesperaba. Se la sacó con mucho cuidado, no quería que el caballo le vaya a patear, y así, finalmente, el animal recuperó la calma.
- Mira Joaquín, este joven es amigo de tu hermana, quiere que le lleven a San Patricio.
El chico me mira, como si me reconociera también, luego voltea a ver a la mamá. La mamá le asiente con la cabeza y el chico vuelve otra vez la vista hacia mi. Se acerca y me da la mano. Me dice que con mucho gusto me va a llevar. Le digo que no puedo perder mucho tiempo, que me gustaría que sea cuanto antes.
Joaquín consulta con su mamá, ya que el va al colegio por las tardes. La señora se molesta un poco, suspira y finalmente le dice que solo por esta vez puede faltar, que más le vale que le traiga un veinte en el próximo examen si no nunca más le permitirá faltar.
La señora dice que por hacerlo faltar al colegio la tarifa ya no será de quince soles, esta vez me tienen que cobrar veinticinco.
Hago rabieta, en mi interior, por tener que gastar más dinero; sin embargo, mi conciencia, me hace sentir culpable de que aquel chico se ausente a clases. Pienso que tiene razón, esos diez soles no valen un día de colegio. Accedo a la condición de la señora sin protestar.
Luego de pagar, el chico me lleva al establo para recoger los caballos. Le pregunto si Milo o a Nana están disponibles. Me cuenta que Ofelia se llevó a Nana y que Milo no puede viajar por que está preñada.
Llegamos al establo y recomienda que viajemos en “Pinko” y en “Yelo”, dos jóvenes y dóciles potros.
El camino a San Patricio es totalmente relajante. La vista que hay del río y su bosque, desde lo alto del sendero, es majestuosa, me llena de melancolía, me recuerda tiempos compartidos, me hace desear tenerla aquí.
Joaquín va siempre adelante con su caballo. Pinko, en el que voy yo, sigue fielmente los pasos de su colega. Me siento seguro, olvido que estoy montado en él y solo me dedico a impregnarme del paisaje, sus sonidos y olores.
Le digo, alzando un poco la voz para que me escuche bien, que ni bien lleguemos al pueblo quiero ir a visitar a Don Abel. Voltea y me mira con rostro de desconcierto, no dice nada y solo asiente con la cabeza.
El arco que da la bienvenida a San Patricio luce más bonito de lo que lo vi la vez anterior. Hay muchas flores adornándolo y la estatua del santo, que está en la parte superior, está pintada y se ve como nueva.
Noto que Joaquín me está conduciendo hacia donde vive Don Abel, recuerdo un poco la manera de llegar ahí.
Pasaron casi diez minutos, desde que entramos al pueblo, hasta que vimos la inmensa cerca de madera que anuncia la llegada a la hacienda de Don Abel.
Bajamos de los caballos y atamos las riendas a unas grandes vigas de madera. Yo buscaba, como idiota, donde estaba el timbre para poder llamar. Mientras reviso los bordes de la puerta, buscando el interruptor, oigo el sonar de una campana. Doy vuelta y veo que Joaquín toca aquella pequeñita pero bullera campana. Me explica que ese es el timbre. Meto mis manos a los bolsillos de la casaca, miro al piso y, lleno de vergüenza, me quedo callado.
Abre la puerta una señora de aproximadamente sesenta años. Usaba una chompa de lana color verde, pantalón de buzo plomo, un delantal que roza el piso y sombrero de paja que deja ver su larga y cana trenza. La señora mira a Joaquín y sonríe, me mira a mí y se extraña. Joaquín le dice que vengo de Lima para visitar a Don Abel. La señora me queda viendo, extrañada nuevamente, y me deja pasar.
Caminamos hasta donde están las mesitas del restaurante campestre, cerca de la piscina de truchas. La señora me señala un caminito de trocha que lleva hasta lo alto de una pequeña colina, en la cima hay un gran roble y me dice que Don Abel descansa ahí.
Avanzo unos cien metros, colina arriba, y volteo a ver la vista de la hacienda. El verde es impresionante, el ambiente pacífico del lugar es indescriptible. Veo que la piscina de truchas es llenada con agua que proviene directamente del río, creo que es genial. Diviso a la señora, que está parada observándome, junto a Joaquín. Le dice algo al muchacho y este entra corriendo a la casa.
Sigo mi camino y poco a poco voy acercándome al roble que cada vez se hace más grande, sus hojas caídas, marchitas y secas por el otoño, me informan que ya falta poco para llegar.
Cuando estoy en la cima veo el roble pero no a Don Abel. Me acerco al árbol, le doy la vuelta a su grandísimo tronco y me quedo tieso, impávido, me siento algo mareado, me tiemblan las piernas, empiezo a sudar un poco, mis ojos se ponen acuosos: veo una lápida en el suelo al pie de tronco.
Camino, con mucho esfuerzo, hasta quedar delante de la inscripción de la lápida. En ella está escrito: “Abel Leandro Roca Jáuregui, 1926-2008”.
Caigo de rodillas, golpeo con los puños el gras del suelo, cierro los ojos y lloro, amargamente, por largo rato.
Luego de renegar y de perder la cordura, por un momento, escucho unos pasos que se acercan desde atrás de mí. Volteo y veo a Ofelia, con listones blanquitos en el cabello que danzan al ritmo del viento y con una cajita de zapatos entre sus manos.
- Mi abuelito, antes de morir, me dijo que guarde bien esto y que cuando vengas te lo entregue.—me dijo Ofelia.
- No sabía que eras su nieta.—le dije, mientras me secaba las lágrimas, con la manga de mi casaca, y recibía la cajita que me entrega.
Destapé la cajita y dentro de ella había una nota, un pedacito de tela, una canica, una piedrita y una muy chiquita y vieja monedita.
Cogí la nota, la abrí y dentro decía:
Joaquín consulta con su mamá, ya que el va al colegio por las tardes. La señora se molesta un poco, suspira y finalmente le dice que solo por esta vez puede faltar, que más le vale que le traiga un veinte en el próximo examen si no nunca más le permitirá faltar.
La señora dice que por hacerlo faltar al colegio la tarifa ya no será de quince soles, esta vez me tienen que cobrar veinticinco.
Hago rabieta, en mi interior, por tener que gastar más dinero; sin embargo, mi conciencia, me hace sentir culpable de que aquel chico se ausente a clases. Pienso que tiene razón, esos diez soles no valen un día de colegio. Accedo a la condición de la señora sin protestar.
Luego de pagar, el chico me lleva al establo para recoger los caballos. Le pregunto si Milo o a Nana están disponibles. Me cuenta que Ofelia se llevó a Nana y que Milo no puede viajar por que está preñada.
Llegamos al establo y recomienda que viajemos en “Pinko” y en “Yelo”, dos jóvenes y dóciles potros.
El camino a San Patricio es totalmente relajante. La vista que hay del río y su bosque, desde lo alto del sendero, es majestuosa, me llena de melancolía, me recuerda tiempos compartidos, me hace desear tenerla aquí.
Joaquín va siempre adelante con su caballo. Pinko, en el que voy yo, sigue fielmente los pasos de su colega. Me siento seguro, olvido que estoy montado en él y solo me dedico a impregnarme del paisaje, sus sonidos y olores.
Le digo, alzando un poco la voz para que me escuche bien, que ni bien lleguemos al pueblo quiero ir a visitar a Don Abel. Voltea y me mira con rostro de desconcierto, no dice nada y solo asiente con la cabeza.
El arco que da la bienvenida a San Patricio luce más bonito de lo que lo vi la vez anterior. Hay muchas flores adornándolo y la estatua del santo, que está en la parte superior, está pintada y se ve como nueva.
Noto que Joaquín me está conduciendo hacia donde vive Don Abel, recuerdo un poco la manera de llegar ahí.
Pasaron casi diez minutos, desde que entramos al pueblo, hasta que vimos la inmensa cerca de madera que anuncia la llegada a la hacienda de Don Abel.
Bajamos de los caballos y atamos las riendas a unas grandes vigas de madera. Yo buscaba, como idiota, donde estaba el timbre para poder llamar. Mientras reviso los bordes de la puerta, buscando el interruptor, oigo el sonar de una campana. Doy vuelta y veo que Joaquín toca aquella pequeñita pero bullera campana. Me explica que ese es el timbre. Meto mis manos a los bolsillos de la casaca, miro al piso y, lleno de vergüenza, me quedo callado.
Abre la puerta una señora de aproximadamente sesenta años. Usaba una chompa de lana color verde, pantalón de buzo plomo, un delantal que roza el piso y sombrero de paja que deja ver su larga y cana trenza. La señora mira a Joaquín y sonríe, me mira a mí y se extraña. Joaquín le dice que vengo de Lima para visitar a Don Abel. La señora me queda viendo, extrañada nuevamente, y me deja pasar.
Caminamos hasta donde están las mesitas del restaurante campestre, cerca de la piscina de truchas. La señora me señala un caminito de trocha que lleva hasta lo alto de una pequeña colina, en la cima hay un gran roble y me dice que Don Abel descansa ahí.
Avanzo unos cien metros, colina arriba, y volteo a ver la vista de la hacienda. El verde es impresionante, el ambiente pacífico del lugar es indescriptible. Veo que la piscina de truchas es llenada con agua que proviene directamente del río, creo que es genial. Diviso a la señora, que está parada observándome, junto a Joaquín. Le dice algo al muchacho y este entra corriendo a la casa.
Sigo mi camino y poco a poco voy acercándome al roble que cada vez se hace más grande, sus hojas caídas, marchitas y secas por el otoño, me informan que ya falta poco para llegar.
Cuando estoy en la cima veo el roble pero no a Don Abel. Me acerco al árbol, le doy la vuelta a su grandísimo tronco y me quedo tieso, impávido, me siento algo mareado, me tiemblan las piernas, empiezo a sudar un poco, mis ojos se ponen acuosos: veo una lápida en el suelo al pie de tronco.
Camino, con mucho esfuerzo, hasta quedar delante de la inscripción de la lápida. En ella está escrito: “Abel Leandro Roca Jáuregui, 1926-2008”.
Caigo de rodillas, golpeo con los puños el gras del suelo, cierro los ojos y lloro, amargamente, por largo rato.
Luego de renegar y de perder la cordura, por un momento, escucho unos pasos que se acercan desde atrás de mí. Volteo y veo a Ofelia, con listones blanquitos en el cabello que danzan al ritmo del viento y con una cajita de zapatos entre sus manos.
- Mi abuelito, antes de morir, me dijo que guarde bien esto y que cuando vengas te lo entregue.—me dijo Ofelia.
- No sabía que eras su nieta.—le dije, mientras me secaba las lágrimas, con la manga de mi casaca, y recibía la cajita que me entrega.
Destapé la cajita y dentro de ella había una nota, un pedacito de tela, una canica, una piedrita y una muy chiquita y vieja monedita.
Cogí la nota, la abrí y dentro decía:
"Cuando la vida parece que te aplasta es por que realmente te está preparando para recibir un gran don. Tu destino ya está dibujado en un camino claramente iluminado. Las preguntas son dudas, no siempre se hayan las respuestas detrás de una interrogante, reemplázalas por actos de fe.
*La tela es un amigo, el amigo de nuestra piel. Nos protege del frió, de la inclemencia del sol y de las distintas adversidades del clima; así, como la tela en nuestro cuerpo, el amigo siempre está de nuestro lado para afrontar las distintas condiciones por las que pasemos. Siempre seré tu amigo y tu debes ser amigo de las personas.
*La canica me recuerda mi etapa de niñez. Nunca dejé de ser niño en mi interior. En el corazón de un niño no existe ni odio ni rencor, el niño siempre será soñador y para él nada será imposible, pues, con su mente, puede llegar hasta donde se lo proponga, no tiene límites; de esta manera tu debes conservar al niño que tienes dentro, no dejes que crezca.
*La piedra viene de la tierra y un día a la tierra volverá. No somos muy diferentes de esta piedra y un día a la tierra volveremos. La única verdad es la muerte; por ello debemos vivir siempre a plenitud. Si no dañamos a nadie no nos dañaremos a nosotros mismos.
*La moneda te recuerda que todo lo que ahora tenemos, cuando llegué el día de la verdad, se quedará aquí. No tiene sentido tener posesiones innecesarias, a mucha gente le puede hacer falta.
Que tu vida, amigo mío, esté llena de sueños cumplidos. Nos vamos a volver a ver y ahí lo sabrás".
Tenía ganas de llorar nuevamente.
*La tela es un amigo, el amigo de nuestra piel. Nos protege del frió, de la inclemencia del sol y de las distintas adversidades del clima; así, como la tela en nuestro cuerpo, el amigo siempre está de nuestro lado para afrontar las distintas condiciones por las que pasemos. Siempre seré tu amigo y tu debes ser amigo de las personas.
*La canica me recuerda mi etapa de niñez. Nunca dejé de ser niño en mi interior. En el corazón de un niño no existe ni odio ni rencor, el niño siempre será soñador y para él nada será imposible, pues, con su mente, puede llegar hasta donde se lo proponga, no tiene límites; de esta manera tu debes conservar al niño que tienes dentro, no dejes que crezca.
*La piedra viene de la tierra y un día a la tierra volverá. No somos muy diferentes de esta piedra y un día a la tierra volveremos. La única verdad es la muerte; por ello debemos vivir siempre a plenitud. Si no dañamos a nadie no nos dañaremos a nosotros mismos.
*La moneda te recuerda que todo lo que ahora tenemos, cuando llegué el día de la verdad, se quedará aquí. No tiene sentido tener posesiones innecesarias, a mucha gente le puede hacer falta.
Que tu vida, amigo mío, esté llena de sueños cumplidos. Nos vamos a volver a ver y ahí lo sabrás".
Tenía ganas de llorar nuevamente.
Oí que alguien se acercaba corriendo. Joaquín llegó, se quedó parado junto a su hermanita y me entregó un ramo de lirios.
- Al abuelo le gustaban mucho. Mi mamá me dijo, que con los diez soles que pagaste de más por los caballos, compre estas flores para que las puedas poner en la tumba.
El olor de esas flores y la frescura que percibí me hizo saber que Naslorga estaba conmigo. Miré hacia el cielo, las ramas del roble no me dejaban verlo a plenitud. Entre unas ramas y gracias al despejado cielo del lugar pude ver a mi Luna. Fanlu me hizo esbozar una sonrisa y me hizo hacer, en total silencio, una oración.
Dejé las flores y volteé a verlos, aún estaba de rodillas.
- Mi abuela Hermelinda está sirviendo el almuerzo. Quiere te quedes y nos acompañes.—me dijo Joaquín.
- Está bien.—le respondí.
- Al abuelo le gustaban mucho. Mi mamá me dijo, que con los diez soles que pagaste de más por los caballos, compre estas flores para que las puedas poner en la tumba.
El olor de esas flores y la frescura que percibí me hizo saber que Naslorga estaba conmigo. Miré hacia el cielo, las ramas del roble no me dejaban verlo a plenitud. Entre unas ramas y gracias al despejado cielo del lugar pude ver a mi Luna. Fanlu me hizo esbozar una sonrisa y me hizo hacer, en total silencio, una oración.
Dejé las flores y volteé a verlos, aún estaba de rodillas.
- Mi abuela Hermelinda está sirviendo el almuerzo. Quiere te quedes y nos acompañes.—me dijo Joaquín.
- Está bien.—le respondí.
Ofelia se me acercó corriendo, me dio un abrazo y me estiró la mano para ayudarme a ponerme en pie.
En el almuerzo me contaron historias de la juventud de Don Abel. Me dijeron que el hablaba de vez en cuando de mí.
Tomamos mate, me enseñaron los animales del lugar y paseamos hasta que llegó la noche.
La señora Hermelinda, al ver que ya era tarde, me dijo que podía quedarme en uno de los cuartos del hospedaje. Recogí la mochila, que había dejado en la recepción y fui a la habitación. Me quedé dormido ni bien puse la cabeza sobre la almohada.
Al día siguiente, acompañado por Ofelia y Joaquín, hicimos el viaje de regreso.
Me despedí de los caballos, fui a agradecerle el detalle de las flores a la mamá de los chicos que, me dijo, se llama Esther. Me regaló un mate y mandó a la casa a los chicos por que tenían que alistarse para ir al colegio. Regresaron al rato, ya uniformados, y me acompañaron a tomar la combi que me llevaría hasta el paradero del bus que me traería de regreso a Lima.
En el almuerzo me contaron historias de la juventud de Don Abel. Me dijeron que el hablaba de vez en cuando de mí.
Tomamos mate, me enseñaron los animales del lugar y paseamos hasta que llegó la noche.
La señora Hermelinda, al ver que ya era tarde, me dijo que podía quedarme en uno de los cuartos del hospedaje. Recogí la mochila, que había dejado en la recepción y fui a la habitación. Me quedé dormido ni bien puse la cabeza sobre la almohada.
Al día siguiente, acompañado por Ofelia y Joaquín, hicimos el viaje de regreso.
Me despedí de los caballos, fui a agradecerle el detalle de las flores a la mamá de los chicos que, me dijo, se llama Esther. Me regaló un mate y mandó a la casa a los chicos por que tenían que alistarse para ir al colegio. Regresaron al rato, ya uniformados, y me acompañaron a tomar la combi que me llevaría hasta el paradero del bus que me traería de regreso a Lima.
Ahora, sentado frente a la computadora, con la cajita de Don Abel a mi costado, mientras transcribo la historia que hice en el bus, vuelvo a llorar. Es por felicidad.

8 comentarios:
QEPD Don Abel, chevere tu relato tio ... creo que experiencias como esas son dificilesde borrar. No sabes que daira por estar viendo ese paisaje que describes, lima estresa muchas veces ...
Una gran mezcla de sentimientos para un gran y valiosos viaje. que donde esté Don Abel esté mejor que aquí. sin dudas este hombre fue y será un maestro.
las enseñansas de la cajita tambien las pondre en practica.
Un fuerte abrazo Nano.
procesando nano...
ya sabes no? xP
...
Alguna vez conocí un personaje análogo a Don Abel, solo en sueños, pero me sacó de muchos agujeros negros.
Con el tiempo comprendí que no debía llorar por la desaparición momentánea de mi Don Abel...
aunque a veces la recuerdo con nostalgia.
Un abrazo.
Muchos sentimientos en la historia. Creo que convivir con todos los sentimientos es lo que ayuda a ser fuertes en todo.
de hecho hay amistades que no alcanzan en una sola vida.
Me gusto esta historia, mucho en verdad. muy buena forma de envolverte, te atrapa y te hace no dejar de leer hasta el final.
mucha fuerza para ti y para todos en san patricio.
muacks.
Me encanta la manera en que narras. esta crónica estubo exelente. Algunas veces solo queda dejar que los misterios se revelen solos, aveces asi es más satisfactorio el resultado final.
Puede que la vida no sea el final algun dia cada uno de nosotros sabrá si es cierto o no.
Que todo te salga bien Nano :)
haha
procesado
----> :)
Me encanto tu post, la manera en que lo plasmaste todo en letras me hizo imaginar los sitios donde estuviste, muy lindo enserio =)
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